24 de marzo de 2012

BADIOLA: AZAR Y TRAGEDIA

El Alavés, a nivel nacional, no era en los años 70 más que uno de tantos equipos que deambulaba sin pena ni gloria por las categorías más funestas del fútbol nacional. Cuando un año trepaban para alcanzar su cima, en Segunda División, resbalaban al siguiente y perdían una y hasta dos categorías. Los babazorros empezaban a forjarse entonces una idiosincrasia de equipo ascensor que han mantenido hasta la actualidad; alternando años buenos con otros calamitosos.

A finales de los 70 a los alaveses les tocó vivir una de esas épocas de bonanza. No consiguieron ascender a la Primera división, pero se consolidaron como uno de los equipos más sólidos de la categoría de plata, alcanzando incluso en dos ocasiones los cuartos de final de la Copa del Rey. A estas minigestas alavesas contribuyeron, sin duda, dos jugadores unidos para siempre por el destino: Jorge Valdano y José Ramón Badiola. El primero seguro que os sonará, el segundo no tanto.

Once inicial del Alavés 78-79, con Valdano de pie el primero por la izquierda.

El argentino, en su llegada a Álava allá por 1975, no era más que un perfecto desconocido, un pipiolo de 19 años y futuro incierto en España, que apenas había disputado previamente un puñado de partidos sin excesiva brillantez en Newell´s Old Boys, donde debutó en la Argentina. En Vitoria conoció a su mujer y se asentó en un  club humilde desde el que poder crecer, pero sin prisa alguna, pues sus inicios tampoco auguraban una carrera futbolística fulgurante. Valdano era un “tres cuartista” llegador escorado a la banda, sin excesiva habilidad técnica, ni una capacidad atlética reseñable. Era simplemente un jugador completo –y completamente discreto- que debía crecer desde la humildad e inteligencia si quería abandonar algún día el barro de la Segunda división española.
Badiola, por el contrario, llegó al Alavés en la temporada 77-78, dos años después que Valdano, pero con mucha más prisa y resonancia. Este joven vizcaíno debutó a sus 21 en el club dirigido por aquel  entonces por Txutxi Aranguren, y desde el principio se mostró como un extremo prometedor con fecha de caducidad efímera en Mendizorroza.  Sus miras estaban puestas en estadios y graderíos importantes.
Valdano y Badiola coincidieron, por tanto, 2 temporadas en Vitoria, con suerte dispar y sensaciones contrariadas. Su incompatibilidad posicional en el campo y el ascenso meteórico del vizcaíno provocaban en Jorge Valdano cierta frustración, como suele reconocer con cierta sorna: “el entrenador cuando daba la alineación, acababa diciendo: <<si llueve Badiola, y si hace sol, Valdano>>. Y casi siempre llovía”. Ni el clima norteño jugaba en favor del de Santa Fé…

Ante ese panorama –más futbolístico que meteorológico-, la carrera del mediocampista argentino se enquistaba irremediablemente en lo que debía ser un trampolín para cotas mayores. Ese joven extremo vizcaino le había robado el sitio en el campo y su futuro futbolístico pendía de un hilo, a la espera de un golpe de suerte.

José Ramón Badiola
Y éste llegó en el verano de 1979, en forma de llamada telefónica procedente desde Zaragoza. El mensaje era claro: “queremos a Valdano…, junto a Badiola”.  Se podía entrever en el movimiento más efusividad por la llegada del vizcaino que por la del argentino, algo reconocido por el propio Valdano: “el bueno era él”. Sin duda Badiola se presentaba en la capital maña como el fichaje estrella del club, y Valdano llegaba de relleno, de nuevo ligado a su compañero alavesista.
El modus operandi a la hora de firmar el contrato fue un fiel reflejo del fútbol de ambos, de la forma de entender una carrera profesional, de las prisas y las pausas de uno y otro. Badiola  vivía, a sus 23 años, demasiado deprisa, y no dudo en viajar a Zaragoza un 11 de julio de 1979, allí se hospedaría junto a varios directivos en el Hotel Corona de Aragón, con la intención de estampar su firma en el contrato que tanto anhelaba. Valdano tenía previsto trasladarse ese mismo día junto a ellos, pero decidió quedarse en Vitoria cerrando los últimos flecos de la negociación para viajar al día siguiente, no le importó pausar las negociaciones y frenar momentáneamente una salida atropellada. Su habitación de hotel, reservada con antelación, quedaría vacía esa noche del 11 al 12 de julio. Valdano cambiaría, de ese modo, su suerte para siempre. Una suerte que le fue esquiva desde que llegó de su Santa Fé natal. Una suerte que no le abandonaría nunca más.
En cambio Badiola, el hombre de la ascensión meteórica,  truncó parte de sus sueños y deseos desde primera hora de la mañana del 12 de julio, cuando empezó a percibir cierto olor a humo desde la cama de su habitación. El Hotel Corona de Aragón estaba ardiendo, al parecer un cortocircuito en la cocina (a día de hoy se desconocen con certeza las causas del incendio, aunque se especuló durante mucho tiempo con un presunto atentado de ETA) había desencadenado en una masacre. La mole de hierro y cemento se había convertido en una bola de fuego, una trampa mortal de difícil escapatoria para todos los huéspedes, entre los que se encontraba Badiola. 80 muertos y más de 100 heridos demuestran la magnitud del suceso.


Portada de La Vanguardia del 12 de julio del 79

El joven futbolista, presa del pánico y del humo, se tiró por la ventana de un segundo piso. La escasa altura le salvó la vida, pero sufrió un traumatismo craneoencefálico y, sobretodo, unas secuelas psicológicas de difícil cura. Su cabeza había pasado por un trance demasiado cruel para quién sólo había conocido el éxito a su 23 años; para quién debía vivir, ese 12 de julio del 79, el día más feliz de su vida firmando por un equipo de Primera División; para quién el fútbol había reservado días de gloria y éxito.
Jamás volvió a ser el mismo, consiguió debutar con el Zaragoza y jugar un puñado de partidos, pero el extremo no pudo colmar las expectativas que generó en Vitoria. 2 tristes temporadas en la capital maña y un retorno desafortunado al Alavés pusieron punto y final a la carrera del jugador. Y es que Badiola había muerto, futbolísticamente, en el Hotel Corona.
Mientras tanto Valdano firmó a su ritmo su contrato zaragocista; con calma, como su fútbol; con pausa, como su verbo. Allí brilló con luz propia, se ganó un fichaje por el Real Madrid, y comenzó a ser un jugador importante para Argentina. Aquel joven que llegó sigiloso a Vitoria se había convertido en futbolista de renombre: campeón del Mundo con Argentina en el 86, y de 2 ligas, 1 Copa del Rey y 2 UEFAS con el Real Madrid, dónde jugó 85 partidos e hizo 40 goles, a los que hay que sumar los 46 de Zaragoza. Números jugador importante.
Además su personalidad y señorío le valió, posteriormente, un puesto de entrenador en Tenerife y en el Real Madrid, dónde agrandó su palmarés. Después desempeñaría diversos cargos en la directiva blanca (la imagen más reciente que tenemos de él). En todo este tiempo, el bueno de Jorge ha coleccionado elogios, cosechado titulos y amasado mucho dinero. Y se le puede considerar un hombre de poder y prestigio dentro de nuestro fútbol.

Quizá nada de esto hubiera ocurrido si aquel 12 de julio hubiera ocupado aquella habitación que tenía reservada junto a la de Badiola. Éste jamás superó aquellos instantes de pánico, y muchas voces cuentan que en la actualidad mendiguea desconsolado por las calles de Bilbao lamentándose de su mala suerte. Valdano, en cambio, siempre tiene una cámara o un micrófono al que atender, como cuando dijo que "la historia también se escribe con los hechos que no ocurrieron".





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