15 de enero de 2013

¿POR QUÉ JUEGA SIEMPRE ÁLVARO RUBIO?



Álvaro Rubio es uno de esos jugadores a los que un buen sector del público considera inservible; como a un paraguas en un día soleado, pero del que todo el mundo se acuerda cuando se atisban nubarrones. Y del sol al agua hay un paso, un instante hablando de Valladolid. Como el sábado frente al Mallorca, cuando el arco iris ponía broche a la inexplicable tarde en el José Zorrilla. Antes, la lluvia se había entremezclado con el sol afeando más si cabe un partido que sólo pudo salvar el febril y genial Patrick Ebert, héroe del Zorrilla un día más. Pero la historia de hoy no se centra en el elogio fácil y edulcorante al alemán, sino que ahonda en injustos villanos, en concreto en uno sempiterno: el del paraguas.
Apenas se habían jugado 10 minutos de partido, gobernados por un guión previsto pero sosete a más no poder. El Mallorca de Caparrós afilaba los dientes esperando a un Valladolid que encarnaba gustoso pero sin brillo el papel protagonista del choque. Ante esa tesitura los de Djukic trataban de dominar el juego de posición, invitando a los bermellones a acudir a la presión, arriesgando horizontalmente en mediocampo, y tratando de dar salida a la pelota desde la primera línea defensiva: generar superioridades desde inicio para llegar con espacios arriba. Ese empacho de pases, como no puede ser de otra manera; implica riesgo, y el riesgo conduce inexorablemente al error. Éste siempre llega, y le tocó a él.
Álvaro Rubio, número 18 a la espalda y media vida futbolística de blanquivioleta, sigue siendo el fino, talentoso, y disciplinado mediocentro que llegó en 2006 a la capital castellana; pero todavía no ha logrado alcanzar una simbiosis perfecta, ni mucho menos unánime, con su público. Ajeno a la estridencia, no encarna el papel de ídolo que reclama la actual cultura futbolística. Y Su nombre, lejos de ser coreado, en ocasiones es silbado. Como el sábado, fueron tímidos (ciertamente), pero quizá los más injustos y apestosos que se han escuchado en Zorrilla en mucho tiempo. Sólo corrían 10 minutos de partido, y fue él (el ‘18’) quién resbaló al contactar con el balón, y lo que debía ser un pase fácil hacía el central se torció en un mano a mano, errado posterior e inexplicablemente por Giovanni Dos Santos. El mexicano perdonó, la afición no. Más tarde, con igual timidez, se aplaudió alguna acción del riojano, pero el murmullo y las desconsideraciones a lo bajini imperaban cada vez que Rubio volvía a retrasar el balón. Nada nuevo por otra parte.
Desde que llegó a Valladolid, sin demasiado ruido por supuesto, Álvaro Rubio ha sido cuestionado permanentemente: secundario en el éxito, mártir en la derrota y, sobretodo, añorado en su ausencia. Siete años trufados de idas y venidas de entrenadores y jugadores; de ascensos y descensos de categoría; y de estilos e ideas de juego tan dispares como el llanto y la risa. Ahora el Pucela ríe, con 25 puntos y una idea de juego cuajada con gusto, pero en época de llantos y lamentos ahí también estaba Álvaro; con su espada en la batalla, con su batuta en la dirección, y con el paraguas para amainar las tormentas, que han sido muchas a orillas del Pisuerga. Jugó con todos, con Mendilibar, Onésimo, Clemente, Antonio Gómez,  Abel Resino, y ahora Djukic. Pasaron muchísimos compañeros (y rivales en el puesto) y siempre era (es) él y otro. Siempre juega Álvaro Rubio, del gusto de todos los entrenadores; en su faceta de picapedrero y en la de escultor, todos entendieron que el Valladolid carbura con él y diez más, y que en realidad sus críticos rezan para que el ‘18’ no coja un catarro. 

26 de noviembre de 2012

DON ÁLVARO RUBIO

Jugador talentoso, sutil, toque de seda y visión periférica. Pero futbolista tardío. Llanero solitario, en un mundo de músculo y ladrillo, en sus inicios; y penitente, hasta la fecha, de ser un  tipo perfectamente normal en una profesión que premia la estridencia. Álvaro Rubio, portador del número 18 blanquivioleta desde la temporada 2006, no se hace llamar ‘AR18’, ni actualiza su tablón de facebook con fotos de sus tatoos, tampoco detalla sus estados de ánimos por twitter, habla poco en los micros, y mucho en el campo. Y eso no vende.
Si me aventurase a pensar en su día a día, me imagino a un tipo de vida ordenada y familiar. Gran profesional; sabedor de que su longevidad futbolística se estira como un chicle en cada detalle diario. Esa atención minuciosa y amor por su profesión le siguen haciendo crecer aún a sus 33 largos años, con la inteligencia de quién sabe seleccionar las mejores enseñanzas.
En los dos últimos años acude a clase de un profesor llamado Miroslav Djukic; se tratan asignaturas divertidas, de manejo y posesiones largas de balón; y de compromiso con el equipo como pilar fundamental en el que sustentar el curso –la temporada-. El riojano es el primero de la clase. La prolongación del técnico en el campo. El líder natural del grupo.
Pero a pesar de los pesares, y de su intachable rendimiento en cada trimestre escolar, Álvaro Rubio no escapa de los vetustos y mezquinos clichés que inundan nuestro fútbol; como la idea de que enviar un balón hacia atrás es un atraso –valga la redundancia-. Cuando yo creo que el atraso para la inteligencia son todos aquellos que ayer, como cada domingo, pitaron los pases sin riesgo del ‘18’ pucelano con el sólido de argumento de “paaa alaaaante Alvaro paaaa laaaante”, o el “este chico sólo sabe jugar pa’ atrás”. En esos momentos de murmullo y ruido ambiente, suelo mirar a Djukic y su reconfortante aplauso, y sólo se me ocurre exclamar: DON ÁLVARO RUBIO. Él, sigue jugando.

8 de noviembre de 2012

CELTIC GLASGOW-F.C. BARCELONA (2-1): EL ¿MILAGRO? DEL FÚTBOL ARCAICO

Los jugadores del Celtic celebrando el primer gol del partido

No por repetido deja de ser sorprendente; ahora bien, sí por repetido debemos retirar el calificativo de milagroso a lo vivido ayer en Celtic Park. Y eso que los católicos del Celtic seguramente le rezaran a más de una virgen en la víspera al partido, tratando de compensar con inspiración divina el enorme trecho futbolístico que les separa del Barcelona. El 2-1 final y el transcurso de los 90 minutos puede reforzar la fe de muchos y convertir a otros pocos, pero no debemos olvidar que el Barcelona, ya fuera en la era Pep o ahora en la de Vilanova, ha sufrido derrotas similares y desquiciantes tanto o más que la de ayer, sobre todo por su mayor importancia y envergadura; como bien pudieran ser la de Chelsea e Inter en temporadas pasadas…
Pero sin ir más lejos, hace sólo 15 días los barcelonistas ya chocaron contra la muralla levantada por Neil Lennon en el Nou Camp. Entonces sólo un último arrebato en los estertores del partido evitó el empate final. Aquel día el talento se acabó imponiendo al hormigón: muro derribado.
Lo de ayer, a excepción hecha del sobrecogedor ambiente que se vivía en las gradas de Celtic Park, fue una calcomanía, un deja vu en un escenario distinto. Así, entre sentidos cánticos del “you´ll never walk”  y otras emblemáticas canciones, el Barcelona aculaba a los verdiblancos hacía la portería candada por un colosal Forster. Esa fotografía de partido fue el partido en sí: 93 minutos de agonía local y visitante. Manejo blaugrana y repliegue verdiblanco. Mimos al balón de los visitantes y violentas envestidas locales. Un equipo, el de Neil Lennon, que demostró haber estudiado perfectamente el juego de los de Vilanova, cediéndoles el balón, su campo, las bandas…, todo; absolutamente todo, a excepción de su portería. Y conocedores de que su único camino a la gloria era un sendero estrecho en forma de córner. Su afición -¡qué maravilla!- lo sabía y jaleó el primero, premonición de lo inevitable; una bestia parda llamada Wanyama envistió a un corderito llamado Alba y proyectó el balón a la red. Corría el minuto 20 de partido.
El resto fue remar y remar; jugar y jugar; chocar y chocar. Tratando de derribar el enorme muro escocés. El partido se jugó ahí, en el puñado de metros cuadrados que cercaban la portería de Forster. En esos espacios reducidos los Iniesta, Messi, Pedro, Alexis y Xavi –enorme en la dirección- trataban de dibujar jugadas imposibles, buscando ángulos y paredes de dibujos animados y, en la mayoría de las veces, ahogándose y desesperándose por tanto tuya-mía sin recompensa. Alba y Alves, cada uno por su banda, oxigenaban al equipo ante el beneplácito de los escoceses, que les dejaban recibir, conscientes de su superioridad ante posibles centros al área.
El resto fueron paradas inverosímiles de Forster, palos aliados con los locales, jugadas interminables, alguna patada que otra, y tímidos contragolpes de los celts. Como el que derivó en el segundo gol: saque del portero, fallo en el despeje de Xavi, despiste de Mascherano en la marca y gol de Watt. Simpleza una vez más. Fútbol primitivo.
Ya sólo dio tiempo a que Messi homenajease a su retoño, y a que la afición escocesa explotase de júbilo ante lo que ellos pueden catalogar como un resultado milagroso: 23 tiros a puerta contra 4; Más de 80% de posesión mimada y cuidada, frente a un 20% de patadones y despejes a ningún lugar. Datos irrebatibles que, sin embargo, se tradujeron en una victoria por 2-1 de quiénes menos propusieron. Algo ya vivido por el Barcelona en citas pasadas, y que se le vuelve a repetir como una pesadilla en noches como la de ayer; en la que el fútbol arcaico venció al talento.



Los Celtic supporters celebrando el 125 aniversario de su club

6 de noviembre de 2012

BORUSSIA DORTMUND: RIQUEZA OFENSIVA

De Jürgen Klopp, neurótico y excéntrico entrenador borüsser  y estrella mediática en Alemania, se dicen muchas cosas. Pero ninguna es tan cierta, por contrastada cada domingo, como su buen gusto e idea de fútbol ofensivo y de asociación. Influenciado por el Barcelona de Guardiola, de quién se confesa un ferviente admirador, Klopp ha sabido diseñar un equipo elegante y batallador a partes iguales; que mezcla a las mil maravillas el clásico carácter alemán, con la juventud de sus jugadores y la idiosincrasia actual del fútbol teutón. El resultado de tales ingredientes no puede ser otro que el de un equipo explosivo, generoso en el esfuerzo, sobrado de talento y… llamado a doctorarse en una gran cita europea.  
Hoy en el Bernabeu pueden dejar más que encaminada su clasificación a octavos de final. El problema, y el gran reto al mismo tiempo, es volver a ganar al Madrid como ya hicieran hace 15 días en Dortmund, pero esta vez a domicilio. De producirse  podría suponer el espaldarazo definitivo para considerar a este Borussia como un aspirante a todo en Europa.
Analizamos, por líneas, al actual campeón de la Bundesliga:
DEFENSA: AMPLITUD Y PROFUNDIDAD
-          2 centrales que amplían: Subotic y Hummels son el prototipo perfecto de central moderno: altos y de buen manejo de balón. Ellos suponen el primer eslabón en la creación de juego. Su capacidad de mover el esférico horizontalmente entre ellos con seguridad y velocidad de izquierda (Hummels) a derecha (Subotic), supone una garantía para la autogeneración de movimiento en líneas avanzadas. Tratan de provocar las primeras grietas en la basculación defensiva rival, y se aprovechan de ello filtrando balones con seguridad.
Además mezclan bien; Subotic bate líneas con predominancia  del desplazamiento largo; mientras que Hummels rasea más el balón y es más hábil subiendo en conducción.  
En posesión propia permanecen muy abiertos, dando una amplitud que; 1º, genera carriles interiores para extremos;y 2º, obliga a los laterales a incorporarse a posición de extremos.

-          2 laterales que profundizan: Schmelzer (izquierda) y Pisczeck (derecha) son los auténticos dueños de las bandas borussers. La amplitud de los centrales les obliga a incorporarse a posición casi de extremos. Desde allí son jugadores capacitados físicamente para el retorno en caso de recuperación rival; dotados de técnica y capacidad de asociación para el ataque en estático; y poseedores de capacidad de desborde en el uno contra uno y en el contragolpe. Además son jugadores que lo hacen fácil, sin grandes estridencias son capaces siempre de encontrar la opción más fácil.
MEDIOCAMPO: 2 MEDIOS CON FUNCIÓN ANCLA
El caudal ofensivo y atrevimiento de este equipo les lleva también a exponer demasiado al rival. Tal y como decía el técnico brasileño Tim: “el fútbol es como una manta corta: si te tapas los pies, te descubres la cabeza; y si te tapas la cabeza, te descubres los pies”. Pues bien, los medios o pivotes de este equipo son los que siempre tiran de la manta hacía abajo tratando de evitar cualquier resfriado para los suyos.
Uno de los dos pivotes debe hacer la cobertura siempre a centrales o laterales. Especialmente a estos últimos cuando suben en paralelo, quedando atrás los dos centrales y uno de los medios. (En el gol de Cristiano en el Westfalen quién hace la cobertura a Pisczeck es Bender).
Klopp tiene cierto margen de maniobra en función de lo que quiera para los suyos, y puede dotar de más o menos hormigón; o de más o menos talento.
-          DOBLE PIVOTE DEFENSIVO: Kehl y Bender. Siendo este último el más capacitado para acudir a los espacios, mientras que Kehl guarda mucho más la posición.
-          DOBLE PIVOTE MIXTO: Kehl o Bender y Gundogan. El turco-alemán es un jugador mucho más capaz en la creación y de más imaginación y fantasía. Más necesario en ataques estáticos y menos eficaz en partidos a ida y vuelta.
MEDIAPUNTA Y EXTREMOS: LA REVOLUCIÓN AMARILLA
La tercera línea del Borussia, antesala al gol, es brutal. Con un mediapunta (Reus) y dos extremos (Groskreutz y Götze) que aparecen por todos lados. Su dinamismo es la clave de la circulación eléctrica y fluida de los amarillos,
Su posición de partida es mera anécdota en el transcurso del partido. Porque bien pueden generar los tres superioridades esporádicas en una banda, o bien aparecer al galope por el medio. Dotados de una verticalidad y capacidad para el desequilibrio brillante, además son jugadores de calidad capaces de dar el último pase. Sobre todo esto último Götze y Reus, mientras que Groskreutz es un trotón capaz de devorar kilómetros y trabajar hasta la extenuación.
DELANTERO: LA PAUSA NECESARIA
El Borussia tiene en Lewandowski a una de sus piezas más codiciadas, y sin duda al jugador perfecto para su estilo de juego. Delantero también de gran movilidad y dinamismo, posee una cualidad extraordinaria y beneficiosa para todos: la PAUSA. Con el balón en los pies es capaz de detener el vértigo permanente de los teutones, de pensar y de buscar la mejor opción.
Además se trata de un delantero con capacidad para finalizar jugadas y de dominar en el juego aéreo. De similares características a otros grandes delanteros como Ibrahimovic o parecido a lo que en su día hacía Kluivert en el Barcelona.


31 de octubre de 2012

LEO MESSI Y BATALLITAS DE “CHUPONES”

Jugar en el equipo del colegio facilitaba situaciones impensables en clubs de barrio. Para empezar, la convivencia con mis compañeros de equipo era prácticamente continua, el día a día escolar aglutinaba horas de clase, de recreos, de excursiones, de gimnasia, de peleas, de risas, de llantos…, y de entrenamientos. Desde pequeños, a la edad de siete y ocho años, compartíamos equipo de fútbol federado. Pero ya nos conocíamos de mucho antes, casi antes de saber hablar ya éramos compañeros, casi antes de saber hablar ya dábamos patadas, y casi antes de saber hablar organizábamos (quién sabe cómo) nuestros juegos –minientrenamientos- en las horas libres de recreo y comedor.
Éramos autosuficientes, uno llevaba el balón y todo el mundo repentinamente quería ser su amigo. Era ésta una conducta típica, inherente a cada niño. Ser amigo de quién ponía el balón te garantizaba jugar, y ese era un premio innegociable. Nos importaba un bledo el resto, cada día nos despertábamos para ir al cole con la ilusión de vivir este momento, y nadie ni nada nos lo truncaría…
Volvemos a dónde estábamos. Tenemos ya al del balón, ese jugaba sí o sí. Era el amo de todos nosotros, si él se enfadaba se acababa la fiesta. Luego se daba una situación de tensión colectiva: el momento de la selección de los equipos. “Piedra, papel o tijera”, atinaban a decir dos chicos elegidos vox populi. Solía darse la coincidencia de que fueran los dos mejores, y debían conformar un equipo campeón. Algo muy parecido a las convocatorias de Del Bosque, pero en modo grotesco, pues de fondo se oían comentarios de todo tipo pero, por encima de todos, uno: “ese no que es un CHUPÓN”. Probablemente se trataba de una de las primeras palabras que aquellos renacuajos incorporábamos a nuestro lenguaje. No recuerdo el orden, pero “mama”, “papa”, “balón” y “chupón”, eso seguro.
Jugábamos muchos contra muchos, en campos impracticables nacidos de la improvisación, y con porterías marcadas en el suelo con pedruscos, basura o ropa. Crear el campo de juego nos llevaba mucho menos tiempo que la selección de jugadores, que prácticamente copaba veinte de los veinticinco minutos que teníamos para explayarnos. Por lo que sólo restaban cinco de juego real. De esos cinco intensos minutos, durante cuatro el esférico era domado por el CHUPÓN. Y el quinto minuto no existía porque el dueño del balón (recuerden, el amo) se rebotaba y marchaba a montar su fiesta a otra parte.
La película acababa mal día tras día. Todos rebotados con todos, atrincherándonos en nuestra sinrazón y con un objetivo común al que reprocharle su superioridad: al CHUPÓN. Irremediablemente era el blanco de nuestras iras, por privarnos de disfrutar nuestro mayor momento de felicidad del colegio. Aunque al día siguiente volveríamos con la misma ilusión a juntarnos al dueño del balón, a lapidar nuestro recreo en una selección terriblemente anárquica de lo equipos, y a fabricar un nuevo campo dónde jugar.
Sólo los entrenamientos con el equipo, en el que coincidía con muchos de los niños del recreo –entre ellos el chupón-, superaban el nivel de excitación y felicidad de los recreos. Por una sola razón: el entrenador acotaba la libertad del chupón. Diseñaba ejercicios para que la pelota fuese compartida, e instaba al susodicho a pasar a los compañeros. Todos sabíamos que, a la mañana siguiente, el recreo nos devolvería la cruda realidad. Pero no menos cierto es que la conducta de aquel niño con tendencia marginal junto al balón iba encauzándose. La doctrina de nuestro entrenador acabó amoldando su fútbol a los intereses colectivos, y todos nos beneficiamos de ello, tanto en el día a día como en los partidos de Liga. Con el paso de los años, ese “ser odiado” se había convertido en un “ser amado” por todos, pues su desequilibrio era puesto al servicio del grupo, y su fin último a la hora de driblar contrarios era soltar la pelota en la mayor de las ventajas posibles para el compañero. Una Bendición para cualquier equipo.
Hace un par de días, recién recibido el galardón de la Bota de oro, Leo Messi trataba de callar a las críticas que le acusan de individualista: “no soy un chupón”. Fue entonces cuando recordé aquellas batallitas de la infancia, y me imaginaba un colegio de Rosario dónde Leo, menudo y ligero, driblaba sin parar cuántos contrarios salían a su paso. Y se convertía, a buen seguro, en el objeto de ira de sus compañeros, a quiénes privaba de balón, porque sólo había uno y él lo quería más que nadie.

30 de octubre de 2012

GRANDES DESAPERCIBIDOS (I): REAL MADRID CASTILLA 2006/07

Once del Real Madrid Castilla. Temporada 2006/07

“Negredo, Mata, De la Red, Borja Valero o Granero, que era un díscolo…Todos, cuando me los encuentro, me recuerdan aquella época. Hasta entonces casi no habían jugado. Conmigo fueron titulares indiscutibles. Adelantamos su progresión porque en un filial lo importante no es la clasificación, en mi opinión, sino la formación de jugadores para el primer equipo”.
Míchel explica así lo que para él es un filial. Concretamente expone el caso del Madrid Castilla que dirigió durante la temporada del descenso a 2ªB. Corría la temporada 2006/2007, y cayeron en manos del neófito entrenador una hornada de jugadores talentosos y de futuro envidiable, que compartían las mismas virtudes que defectos: una abrumadora juventud y una inexperiencia tan halagüeña como peligrosa en una categoría de máxima competitividad como la Segunda División.
En muchos casos se trataban de chicos recién ascendidos del Juvenil División de Honor, quiénes de la noche a la mañana pasaron de jugar en campos anexos y ciudades deportivas a hacerlo ante miles de espectadores en estadios como La Rosaleda, El Nuevo Zorrilla o El Molinón. Se juntó en un solo equipo, al gusto de Míchel,  lo más selecto  de las promociones del 89 (Dani Parejo), 88 (Juanín Mata, Alberto Bueno o Adrián González), 87 (Javi García, Esteban Granero, José y Juanmi Callejón o Antonio Adán), 86 (Sergio Sánchez, Miguel Torres, Marcos Tébar o Kiko Casilla), 85 (Rubén de la Red o Borja Valero), 84 (Álvaro Negredo o Miguel Palencia), 83 (Santacruz) y 82 (Jordi Codina).  
Pronto se establecieron los símiles con la ‘Quinta del Buitre’, acentuados más si cabe con la presencia de Míchel como profesor de sus sucesores. Pensar en su rendimiento como entrenador también suponía un ejercicio de imaginación, pues todo cuánto sabíamos de él desde su retirada eran un puñado (grande, pero un puñado) de comentarios en TVE, y otros medios de comunicación, sobre el juego. Muy distinto al día a día, al entrenamiento, al manejo de grupos… Pero desde la directiva blanca se pensó que Míchel tenía la ciencia suficiente para poder abordar la misión, y sí conseguía transfundir a sus pupilos sólo un poco del madridismo que corre por sus venas ya habrían acertado con la elección.
Real Madrid Castilla de la Quinta del Buitre. Temporada 83/84
Todo sonaba tremendamente romántico. Imagino las charlas en el flamante recinto de Valdebebas, hablándoles de historias y hazañas de la ‘Quinta del Buitre’, o de los antiguos entrenamientos en los Campos de la Chopera en el Retiro, o de los valores de la camiseta blanca… Sin duda Míchel era el hombre respuesta a las muchas inquietudes y preguntas de los jóvenes jugadores madridistas. Éstos, recién salidos de la adolescencia, debían dar el último y más grande paso hacía el profesionalismo, desde una competición 100% profesional como la Segunda División española.
Los malos resultados de aquel equipo llegaron, como no podía ser de otra manera, y fue entonces cuando se abrieron nuevos debates sobre los filiales: ¿se debe anteponer la formación a la competición?, ¿merece la pena sacrificar talentos en pos de una mejor clasificación?, ¿no resulta contraproducente quemar etapas prematuramente? Arriba del todo tienen la respuesta de Míchel a todas las preguntas planteadas. Y sólo desde ese punto de vista se puede comprender positivamente la campaña de aquel Madrid Castilla. Un equipo que fracasó en su clasificación, descendiendo a causa de su inmadurez y muy a pesar de tener un talento superior a todos sus rivales de aquella temporada. Pero también un equipo que perdurará en la memoria por ser uno de los mayores generadores y exportadores de jugadores de élite (y hablamos de internacionales y jugadores  de grandes equipos de Europa) que conocemos en el panorama fútbol. Un caso contradictorio que nos pone a Míchel en la picota: ¿fracasó al descender un grupo de talento incalculable, o triunfó formando jugadores de carreras exitosas?

OTROS DATOS DE AQUEL CASTILLA 2006/07:

Mata y Negredo celebran un gol

-          Clasificó 19º. Sólo superando a Ponferradina, Lorca y Vecindario.
-          Logró 49 puntos (13 victorias, 10 empates, 19 derrotas).
-          Fue un equipo de extremos: 55 goles a favor (4º máximo goleador) y 67 en contra (2º más goleado).
-          Negredo acabó pichichi de aquel equipo con 18 dianas. Mientras que Mata anotó 10.
-          El Real Valladolid de Mendilíbar acabó campeón con 88 puntos, y le acompañaron a Primera Almería y Real Murcia.
-          Ese mismo año, el filial del FC Barcelona descendería de 2ªB a 3ª División, desde dónde le cogería Guardiola en la 2007/08.



23 de octubre de 2012

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Tito Vilanova aterrizó sin demasiado ruido en el complicado banquillo culé. Ayudado por la discreción y elegancia desprendidas de la despedida de Guardiola, la transición de escudero a comandante fue tranquila y armoniosa para el bueno de Tito. Su rostro ajado  y una expresión permanentemente reservada era lo poco que conocíamos el público general sobre el nuevo entrenador del Fútbol Club Barcelona. Apenas le habíamos oído hablar, y pocas veces actuar (más allá de un tobón merecido a Mourinho). Siempre a la sombra de Pep, su padrino. Jamás había dado un paso adelante, mucho más inexperto en ruedas de prensa que, por ejemplo, su homólogo en el banquillo contrario, Aitor Karanka. Su carrera como futbolista tampoco le había llegado para doctorarse ante los medios, ni a tolerar momentos de presión en banquillos tan complicados como el culé.
Estábamos ante algo novedoso, inquietantemente nuevo, un neófito a las órdenes del banquillo más laureado de los últimos tiempos. Es entonces cuando llegan las dudas, cuestiones sin respuestas: ¿Cuál era su idea?, ¿qué fútbol nos mostraría?, ¿sería capaz de renovar la tímida caída del maravilloso juego de posesión blaugrana?, ¿estábamos ante otro filósofo a los ojos de Ibra?, ¿o bien ante un falso modesto?... En otras palabras, la duda estribaba en la línea que mostraría a su llegada: continuista o diferente a lo establecido en los años de hegemonía guardiolesca.
La lógica invitaba a pensar que Tito y Pep habían sido uno en su periplo de comandancia de la nave culé. El primero al servicio del segundo, pero ambos perfectamente imbricados a una idea de juego tremendamente romántica e idealista: de la conservación infinita del balón a la agresividad tras pérdida y presión adelantada de sus hombres.
Un concepto de juego único, pero renovado continuamente. Reciclando jugadores para la causa, inventando términos y posiciones desconocidas hasta la fecha. Sin darnos cuenta hablábamos en el idioma futbol sistemáticamente de  conceptos como “falso nueve”, o comenzamos a entender de la importancia del juego de pie de un portero como Valdés, más cerebro que portero en el sistema Barsa. Se trataba de cambiar de examen semanalmente a cada entrenador rival; para que cuando conocieran las respuestas, las preguntas de Guardiola fuesen otras. El profesor odiado.
Y siempre junto a Tito, él tuvo que ser partícipe de una u otra manera de las convicciones futbolísticas que plasmó Pep en su equipo. Desde sus inicios, pasando por la maravillosa y dulce evolución del juego, hasta la tímida decadencia plasmada en la última temporada de Pep, en la que se perdió una Liga y una Champions (huelga decir que se ganó todo lo demás). Pero, ¿hasta dónde llegaban las ideas de uno y otro?, ¿se pisaban unas a otras?, ¿qué crédito le podía conferir Guardiola a su segundo? Respuestas inescrutables hasta la fecha. Ahora, Vilanova con camino libre por delante, ya nos muestra las tan preciadas respuestas.
Así, a grandes rasgos se podría  establecer la gran diferencia del juego del Barcelona de Pep y de Tito en lo que Bielsa entiende como las cuatro premisas fundamentales del fútbol: “cómo pasar de la defensa al ataque y del ataque a la defensa”. Premisas modificadas notablemente por un Vilanova que concibe el fútbol de una forma más industrial en ataque, de mayor vértigo y verticalidad; y más reservada en defensa, con el repliegue como arma de contención.
Esas son, la verticalidad y el repliegue, los nuevos argumentos al concepto de juego culé, que sigue siendo inherente a su idiosincrasia (la posesión no se negocia), pero que le confiere otra dimensión; las respuestas a las preguntas que todos nos hacíamos al inicio de temporada; y las nuevas preguntas que plantea Vilanova a todos los técnicos y equipos que se enfrentan al Fútbol Club Barcelona. Han cambiado al profe.